Por tres veces en los ocho versículos de este evangelio, Jesús dice a sus discípulos “no tengáis miedo”. Este es, sin duda, el tema de las lecturas de hoy, que se ve reforzado por el sentimiento de persecución, de amenaza, que vive Jeremías en la primera lectura: “oía la acusación de la gente… mis enemigos acechaban mi traspié”.
Los discípulos han sido enviados, si recordamos el evangelio del domingo pasado, y van a tener que afrontar nuevas situaciones. Por su fe en Jesús, pero sin tener a su lado al Maestro, van a vivir complicaciones propias de un apóstol “en prácticas”, que no se pueden prever. ¿Qué hacer? ¿Cómo ponerse ante ellas? ¿percibo que la fe tiene que ver con las cosas que me van sucediendo en la vida? ¿La ponen a prueba o la evito?
“El Señor es mi fuerte defensor”, decía Jeremías. Van a tener que enfrentarse a este mundo desde la confianza en Jesús, ese Mesías que ya no se ve, y que también sintió miedo en su vida. Dice el evangelio que Jesús, en Getsemaní, “comenzó a sentir pavor y angustia”.
Sabemos que el miedo no es un mal en sí mismo. Es un mal cuando nos paraliza, se transforma en ansia y nos provoca malas decisiones hasta en las cosas más comunes. Pero Jesús quiere que sus discípulos no se agarroten ante el miedo, sino que la debilidad que van a experimentar, vivida desde la perspectiva cristiana, les motive a descubrir la fuerza y la presencia de Dios que les guía y los anima, y así se descubran ante una gran ocasión para mostrar una fuerza insospechada y avanzar en la vida.
El papa León dice en su encíclica Magnifica Humanitas: “Todo lo que representa un “límite” —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite”. El Papa nos pone ante una forma luminosa de afrontar la debilidad, el miedo o los nervios por cualquier circunstancia en la vida.
Por eso, añade León XIV: “Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios”. Es una forma de decirnos que el mundo busca mal, que se sitúa mal ante la debilidad, con la desesperación y la negación, pero que Jesús no nos quiere así ante el miedo, porque ahí llama a la puerta Dios.
Ante mis miedos y limitaciones, ¿busco bien o mal? Concluye el Papa: “Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo. Quien ama y desea, en efecto, no puede evitar atravesar la prueba y el sufrimiento, y por eso, a lo largo de los años conservamos en nosotros enseñanzas que quedan marcadas como cicatrices, memoria del camino realizado entre libertad y caídas, sueños y decepciones… La finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro”.
La victoria sobre nuestros propios miedos o límites no nos encierra en nosotros mismos sino que, como dice el Papa, ayuda a reconocer “el rostro de Dios y el del otro”, es decir que se ratifica el éxito de nuestro pasito adelante diario en la vida comunitaria, en la comunión con Dios y con el prójimo, y eso nos hace mucho más humanos.
Cuenta Bernanos, al final de su Diálogo de Carmelitas, cómo la hermana Blanca, que había huido por miedo ante la posibilidad de ser conducida al martirio todo el Carmelo de Compiégne, al contemplar la dulce entrega de sus hermanas a la guillotina mientras cantaban el Veni Creator, encontró la fuerza para entregarse también al verdugo con ellas mientras entonaba ella misma la última estrofa.
Su atrevimiento nació del atrevimiento de su comunidad, su atrevimiento la unió a la suerte de su comunidad, su atrevimiento fortaleció su comunión, en la vida y la muerte con la comunidad.
Perdió el miedo a los que daban muerte al cuerpo, porque lo mantuvo a una decisión que mataba su alma pero no su cuerpo. Dice Jesús a sus discípulos: “¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” Deberíamos tener un poco de miedo a lo que, ganando aquí, nos aleja de Dios; ganando de tiempo, de fama, de dinero, de comodidad, de éxito, que nos hacen pensar que no tenemos límites, que somos más listos que el resto.
Pero “el Señor sondea las entrañas y el corazón”, decía el salmo. Esto requiere de nosotros perseverancia. No se hace en un día. Así, le damos espacio a la luz de la fe para descubrir la verdad del dolor, del miedo, de la limitación. Si no perseveramos, querremos taparlos sintiendo otras cosas, por el camino de la mentira, el de la ira, el de la tristeza, el de la vida virtual.
Bendito el miedo que nos recuerda que necesitamos la comunión de la Iglesia que nos da la vida eterna.

