Dice Platón en La república que “la pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos”. Vivir sin límite de lo que uno desea no da al hombre mayor libertad ni mejor felicidad; sin embargo, con esta afirmación Platón no da al hombre la dirección de la verdadera felicidad, solamente le da una pista sobre ella.
El hombre encuentra una respuesta afinada en las palabras de Jesús que acabamos de escuchar: “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Aquí hay ya un claro sentido de nuestras acciones.
“Ordena en mí el amor”, pide el Cantar de los Cantares. Nuestra vida está necesitada de un orden en lo que queremos, deseos, afectos, que, para jóvenes y mayores, solteros y casados, lo primero, es el amor de Dios, y es prioritario sobre los otros amores, está a la base, pues es amor divino que purifica nuestros amores humanos, nuestras relaciones buenas.
Para poder saber lo que tengo que dar, lo que me tengo que esforzar, mis sacrificios o mis deseos, “ordena en mí el amor”, porque si mi deseo es primero el amor de Dios, el resto de los deseos irán encontrando su espacio. Cuando el amor de Dios nos falta, entonces deseamos más y más, todo nos parece poco. Cuando el amor de Dios habita en nuestro corazón, entonces, como santa Teresa, podemos decir que “sólo Dios basta”.
Cuando, como la mujer sunamita de la primera lectura, hemos dado espacio en nuestro corazón a Dios y ese espacio se ha traducido en lo concreto, ya sea una habitación en el piso de arriba o un tiempo privilegiado cada jornada o más paciencia con quien nos pone a prueba, aprendemos a vivir la prioridad de Dios, y nos damos cuenta de que inseparablemente unido a querer va también “no querer”. Cargar con la cruz es no querer lo que podríamos querer, lo que, incluso, de hecho, también queríamos. Pero, al haber ordenado el amor de Dios lo primero, no pega con ello o no puede intentar sustituirlo. Ya sea algo malo, o también lo bueno, que no buscará ni querrá, en ningún caso, igualar el amor de Dios.
En el amor de Dios vencemos nuestros prejuicios y comodidades, diferenciamos lo que es de Dios y lo que parece serlo pero no lo es. En la conciencia, Dios nos ayuda a vincular todo lo que sucede con Él.
Pongamos un ejemplo: vemos estos días el dolor de Venezuela, un país que si ya sufría desde hace años los males originados por la dictadura y el comunismo, vive ahora la catástrofe de los desastres naturales. ¿Nos preguntamos ante estas cosas? Ante el sufrimiento humano, ¿nos puede el exhibicionismo de la televisión, o nos ponemos delante de Dios para afrontarlo sabiendo que el amor de Dios lo primero que hace es ponerse al lado del que sufre?
Ante estas cosas, vendría bien releer aquella carta que Juan Pablo II escribió hace ya más de cuarenta años, Salvifici Doloris, donde el papa afrontaba el problema del mal y del sufrimiento, y los relacionaba, de forma atrevida, como el gran pensador y creyente que era, con el amor de Dios, que ante el sufrimiento de los hombres nos llama siempre a la conversión, a la penitencia, a la reconstrucción del bien dañado y, sobre todo, a vivir asociados con el misterio de la cruz de Cristo: Dios no busca el sufrimiento de sus hijos, pero se sirve de él para que se realice en nosotros el proceso de muerte y resurrección, y así nos une con Él. Así lo decía Pablo en la segunda lectura: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.
Esto crea en nosotros la esperanza de la gloria, pero esta sólo se percibe si estamos en sintonía con Él, es decir, si el amor de Dios es lo primero. Si no es así, toda desgracia parece una sinrazón y toda búsqueda de sentido parece una lejana invención, un esfuerzo inútil.
Está en nuestra naturaleza reconstruir el bien, dice León XIV en su última encíclica, lo decía también en el diálogo con los jóvenes hace unos días en Barcelona; eso es lo que nos toca hacer. La mujer sunamita construyó para un buen hombre, un hombre de Dios. ¿Cómo ayudamos a reconstruir nosotros en nombre de Dios? ¿Qué sitio le hemos dado al amor de Dios para que reconstruya en nuestra familia, en medio de nuestras tristezas, nuestras dudas, de nuestro sufrimiento, ante un amigo o una situación que están mal?
Ante la tentación de pensar que lo que hacemos no sirve para mucho, el amor de Dios siempre da fruto… a la manera de Dios. Aprovechemos el verano para leer, para que Dios toque nuestro corazón, para crear un espacio para el amor de Dios, pues es Dios el que “ordena en mí el amor”.

